jueves, 3 de diciembre de 2015

Mensajes.

La gaviota que no podía volar...

Olor a mar. A algas. A marea vacía, a bajamar.
Desconectar de todo lo que te rodea y estar escuchando las olas romper contra las rocas.
Los gatos que maúllan pidiendo comida a los niños que juegan a su alrededor.
Y la gaviota que no podía volar.

Los barcos que salen a faenar.
Gaviotas que revolotean en el cielo.
El viento frío de una noche de noviembre y la esperanza de poder trabajar al día siguiente.

Y yo aquí, excluida de todo núcleo. Alrededor de todo y nada a la vez. Aprendiendo a amar a la vida, a los detalles, a las personas...y sin embargo, no queriendo saber lo que pasa dentro de un coche estacionado al lado, un poco más allá de la linea blanca que separa cada lado.

Maná sonando en la radio, un mensaje que suena.
Recuerdos, personas, imágenes que van y viene.

Otro mensaje. Otro. Otro más. Todos allí, en aquella pantalla de móvil donde jamás serán leídos. En el olvido, en el recuerdo. Ella lo mira y suspira. Ya sabe que tiene que hacer: dejar el móvil encima de la mesilla de estar, donde jamás lo tuvo que coger. Y así, sin más, dice adiós a otra etapa de su vida, entre lágrimas y papel. Entre canciones, recuerdos y mensajes sin leer.

Mientras tanto, allí a lo lejos, tres bancos más hacía allá, un grupo de chicos y chicas ausente de todo.





Para llevar a donde quieras.

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